La Regenta es una de las novelas más complejas de la literatura española. Tiene más de cien personajes, tramas que se cruzan, y una ciudad entera Vetusta que vive pendiente de las apariencias, el escándalo y la doble moral.
Su autor, Leopoldo Alas Clarín, la publicó por entregas entre 1884 y 1885. Tanto, que a veces se liaba con los personajes. Pero eso no impidió que se convirtiera en una obra maestra: una crítica feroz a la sociedad de su tiempo, con una protagonista atrapada entre la fe, el deseo y la soledad.
En este resumen vamos a centrarnos en la historia principal, con sus personajes clave. Si estás estudiando, este resumen te servirá. Pero lo ideal es leer la novela completa, porque lo que la hace única no es solo lo que pasa, sino cómo está contada.
La novela se divide en dos partes: la primera sucede en solo tres días y nos presenta el entorno; la segunda abarca tres años y es donde se desatan los conflictos.
Resumen por Capítulos
Vetusta es el nombre ficticio de una ciudad que parece remitir a Oviedo. Una ciudad pequeña, hipócrita, donde todo el mundo se conoce y se juzga. Vetusta no es solo el escenario de La Regenta, es casi un personaje más.
I.
Desde lo alto de la torre de la catedral, el Magistral don Fermín de Pas contempla la ciudad como si le perteneciera. Ambicioso, refinado y con dotes de orador, aspira a llegar lejos dentro de la Iglesia pero en realidad, quien maneja los hilos es su madre: doña Paula, una mujer dominante que ha convertido la vida de su hijo en una herramienta para escalar socialmente.
II.
Entre los clérigos, Don Fermín no es precisamente querido. Su arrogancia y sus modales lo han rodeado de enemigos. Aun así, el arcipreste Cayetano Ripamilán le encomienda una tarea delicada: encargarse de la confesión de Ana Ozores, la joven esposa del exregente don Víctor Quintanar. Una mujer profundamente espiritual tal vez demasiado.
III.
En su primer encuentro Don Fermín le sugiere a Ana hacer una confesión general: repasar toda su vida desde la infancia, pecado por pecado. Esta simple propuesta despierta en Ana un torbellino de recuerdos, y en la soledad de su cama empieza a recordar su historia:
Su madre murió al dar a luz. Era italiana y había sido modista algo que, en los círculos conservadores de Vetusta, se veía como un escándalo, una mancha en su apellido. Su padre, liberal, se exilió en Italia y la dejó al cuidado de una aya inglesa, rígida y atormentada por la culpa.
Esa mujer, obsesionada con el pecado, le recordaba una y otra vez una travesura infantil: cuando Ana, siendo apenas una niña, durmió con un niño en una barca. Desde entonces, Ana vivió marcada por la vergüenza, convencida de que estaba condenada por algo que ni siquiera entendía.
IV.
Más adelante, cuando su padre murió, sus tías paternas se hicieron cargo de ella. Eran aún más estrictas. Veían en la sangre de Ana la herencia ligera de su madre italiana, y se dedicaron a moldearla a base de culpa, silencios y rezos. Ana creció aislada, buscando refugio en su imaginación, en los santos y en la Virgen María, que llegó a creer que se le había aparecido.
V.
Ya de joven, su belleza comenzó a llamar la atención. Pero para sus tías, el amor era una cuestión de estrategia: había que insinuar, pero no conceder. Todo debía parecer decente, aunque no lo fuera. Ana, idealista, se sintió profundamente decepcionada, ya que ese no era el amor que ella había imaginado.
Fue entonces cuando su confesor, don Cayetano, le consiguió un marido: don Víctor Quintanar. Un hombre mayor, viudo, aficionado a la caza y a los dramas de honor del Siglo de Oro. Ana aceptó sin estar enamorada, convencida de que el amor verdadero llegaría con el tiempo.
Pero no llegó. Don Víctor la trata con dulzura, la cuida, la respeta pero no sabe amar con pasión. Ana sufre en silencio. Tiene crisis nerviosas, ataques de angustia que su marido no comprende y que sólo podrían calmarse con un amor auténtico. Pero él, distraído con sus rifles y sus libros antiguos, no alcanza a ver lo que le pasa a su mujer.
VI.
En el Casino de Vetusta ese templo del cotilleo masculino, los nobles de la ciudad juegan a las cartas, hojean periódicos y se entregan con gusto a su deporte favorito: murmurar. Entre bromas y sorbos de café, el nuevo chisme es claro: don Álvaro Mesía quiere conquistar a la Regenta. Y casi todos están convencidos de que lo logrará. No sería la primera que cae rendida ante sus encantos.
VII.
Mesía es el presidente del Casino y líder del Partido Liberal Dinástico. Y también el galán por excelencia de Vetusta. Apuesto, elegante, vanidoso y superficial, su fama como seductor no distingue entre mujeres casadas o solteras. Él siempre gana.
Por eso, cuando se entera de que Ana Ozores ha comenzado a confesarse con don Fermín de Pas, lo ve como un obstáculo pero nada que no pueda salvar.
El Magistral es respetado en Vetusta, pero en el Casino algunos empiezan a rumorear que no es tan puro como aparenta. Que su madre, doña Paula, se ha enriquecido vendiendo artículos religiosos y que él ha tenido ciertos deslices con algunas de sus feligresas.
Mesía, por su parte, decide actuar. A la salida del Casino, su joven amigo Paquito Vegallana hijo de los marqueses le pregunta directamente si está enamorado de Ana y Álvaro deja que lo crea porque sabe que Ana frecuenta su casa. Paquito, encantado con el drama, se convierte en su cómplice y le propone ir a su casa, donde tal vez esté Ana.
VIII.
En el salón de los Marqueses de Vegallana se celebran tertulias donde la alta sociedad se da permiso para el coqueteo, pero siempre envuelto en formalidad. Cuando llegan Álvaro y Paco, se están preparando para una excursión al campo. Entre las presentes está Obdulia y también Visitación una antigua amante de Mesía, que tiene sus propios motivos para ayudarlo a seducir a la Regenta: si Ana cae, su propio pecado pesará menos.
IX.
Mientras tanto, Ana ha salido a caminar por el campo, acompañada por su criada Petra. Viene de confesarse. Don Fermín le ha hablado de una fe más profunda, más humana, alejada del miedo y la represión que aprendió de sus tías. Le ha propuesto ser hermanos del alma. Ana no le ha contado lo que siente por Mesía pero sí ha aceptado vivir su vida como una especie de sacrificio, renunciando al deseo.
En ese paseo, Ana se cruza con Paquito y Álvaro. Caminan juntos un rato. Él lanza insinuaciones sutiles. Ella coquetea un poco, sin dejar que pase de ahí. No porque quiera ceder, sino porque le gusta sentir la tentación. Esa prueba le reafirma su virtud.
X.
Esa noche hay teatro en Vetusta. Van todos menos Ana. Dice que se queda en casa porque al día siguiente va a comulgar pero en realidad está inquieta. Buscando papel para escribirle al Magistral, mete el brazo en una trampa de caza de su marido. Petra la ayuda a soltarse, y ese pequeño accidente desata una tormenta interior: ¿Es su marido el culpable de su vacío? Y sobre todo ¿Debe contarle a don Fermín que se siente atraída por Mesía?
Pasea por el jardín, dándole vueltas a todo. Y entonces lo ve: Álvaro Mesía, que ha salido del teatro solo para ver si la encontraba en el balcón. La tentación pasa muy cerca pero Ana corre despavorida y se refugia en su alcoba.
Cuando don Víctor regresa, la encuentra muy nerviosa, y él, ingenuo como siempre, solo alcanza a pensar que su esposa necesita más entretenimiento.
XI.
A la mañana siguiente el Magistral no puede quitarse de la cabeza a doña Ana, ha pensado en ella toda la noche. Durante la confesión, ha descubierto que es una mujer con tendencia al delirio y a la fantasía. Para él es un reto. Ya ha conquistado las conciencias de muchos en Vetusta, pero la de Ana es distinta y más deseada.
Mientras reflexiona, entra Teresina, su criada. El lenguaje corporal entre ambos y los silencios dejan entrever que mantienen una relación más íntima de lo que permite el celibato. Teresina anuncia la llegada de Petra, la doncella de Ana, que trae una carta. Y la madre de don Fermín exige leerla en voz alta. Ana le dice que no ha ido a confesar porque antes necesita hablar con él.
Doña Paula, astuta como siempre, ve el peligro. Le advierte que la gente ya murmura, y no es la primera vez. Las historias sobre otras hijas de confesión aún circulan por Vetusta. Don Fermín, resignado, no puede desobedecer a su madre. Ella es quien ha negociado su influencia con el obispo. Lo que tiene, se lo debe en buena parte a ella.
Y en el fondo lo sabe: los rumores sobre su ambición, su soberbia y su lujuria no son infundados. Son una parte oscura de sí mismo que no puede negar del todo. Su fe, incluso, a veces se tambalea.
XII.
Mientras tanto, otra historia gira alrededor de él. Una joven de buena familia, monja en el convento de las Salesas por influencia del propio Fermín, está gravemente enferma. El lugar es húmedo y malsano. El doctor Somoza recomienda sacarla de allí pero el Magistral se niega. Una retirada sería una mancha en su prestigio, un símbolo de debilidad.
Su poder se extiende también a la cúpula eclesiástica. Tiene en sus manos al propio obispo, don Fortunato Camoirán, un hombre sumiso que depende completamente de él.
Ese día, don Fermín es invitado a comer en casa de los marqueses de Vegallana. Y allí se encuentra con Ana.
XIII.
Es una de esas reuniones donde se mezcla la alta sociedad, el juego, la picardía y los intereses ocultos. Paquito Vegallana y Visitación, vieja amante de Álvaro Mesía, han decidido actuar como cómplices. Quieren facilitar el acercamiento entre Ana y Mesía. Y la presencia de los tres hombres el marido, el rival amoroso y el guía espiritual convierte la velada en un campo de batalla silencioso.
Ana, por su parte, mantiene la compostura. Se siente atraída por Álvaro, pero cree firmemente que, con la ayuda del Magistral, podrá resistirse. Aunque conoce los rumores sobre él, está convencida de que su relación con don Fermín es diferente.
Durante la comida, Mesía y el clérigo se observan, se estudian, se retan sin decir palabra. Uno quiere conquistarla con encanto. El otro, con la fuerza de la autoridad espiritual. Ambos sienten celos. Ambos se ven como enemigos.
Después de comer, ocurre algo inesperado: dos invitados quedan atrapados en un columpio. Mesía intenta ayudarlos, pero fracasa. Don Fermín interviene y los libera con una fuerza sorprendente. Ana lo mira con admiración. Ese clérigo no es solo inteligencia y palabras también tiene cuerpo, vigor. Y eso la impresiona.
Más tarde, todos se trasladan a la finca del vivero, propiedad de los marqueses. Allí, las fiestas se vuelven más informales y atrevidas. Ana le pide a don Fermín que la acompañe. Pero él, prudente y a la vez contradictorio, se niega. Aunque sabe que su ausencia la deja expuesta al acecho de Álvaro.
XIV.
Cuando la fiesta en casa de los marqueses se traslada al vivero, don Fermín decide no seguir. Pide que lo dejen en el paseo del Espolón, una zona arbolada y tranquila de Vetusta. Allí se queda solo, caminando entre sombras, perdido en sus pensamientos.
¿Qué siente por Ana? ¿Es deseo? ¿Es amor? No lo sabe. Lo único cierto es que la necesita cerca. Permanece por allí, dando vueltas, hasta que ya de noche ve pasar los coches de regreso. Y en uno de ellos, ahí están: Ana y Mesía, juntos, riendo. El corazón se le acelera.
Los sigue a pie, oculto en la penumbra, hasta la casa de los marqueses. Desde fuera, espía lo que ocurre dentro. Aún hay música, luces, voces. La fiesta continúa. Don Fermín observa y en ese momento, por primera vez, se ve a sí mismo como lo que es: un clérigo oculto en la noche, espiando por celos a una mujer. Siente vergüenza. Su figura en ese instante le parece absurda. Ridícula.
XV.
Cuando vuelve a casa, lo espera una tormenta y no solo interior. Doña Paula lo recibe con una fuerte jaqueca, provocada según dice por la preocupación de no saber dónde estaba su hijo. Pero lo que realmente le molesta es otra cosa: el escándalo. Todos han visto al Magistral en el coche del marqués, en plena diversión, compartiendo mesa con Ana Ozores. La Regenta. La mujer de la que ya se empieza a hablar demasiado.
Y mientras su madre le reprocha esa imprudencia, le recuerda como tantas veces todo lo que ha hecho por él.
Primero fue criada en una taberna de mineros, atendiendo borrachos con las manos llenas de sabañones. Luego, trabajó en casa de don Fortunato Camoirán, cuando aún no era obispo. Aquel hombre, que ahora se deja manejar como una marioneta, intentó sobrepasarse con ella. Doña Paula se defendió y desde entonces, lo tuvo en su poder. Lo chantajeó con astucia. Y así abrió el camino para que su hijo Fermín tuviera una carrera brillante en la Iglesia.
Y ahora, ¿así se lo paga?
Doña Paula también le recuerda otro éxito: La Cruz Roja, el negocio familiar. Gracias a su posición y sus contactos, ha obligado a los curas de toda la diócesis a comprar allí. ¿El resultado? Prosperidad para ellos y ruina para el negocio de Santos Barinaga, un competidor. Esa misma noche, desde la calle, Barinaga borracho y humillado grita insultos frente a su casa. Los llama ladrones e hipócritas. Y don Fermín empieza a escucharlo.
Por primera vez, las palabras le hacen eco por dentro. Su vida esa vida impecable, calculada, llena de poder y apariencias empieza a parecerle falsa. Siente un vacío que no sabe cómo llenar. Ni con religión. Ni con prestigio. Ni con Ana.
XVI.
Mientras tanto, llega el otoño. Y con él, las lluvias y la tristeza. Ana se siente más sola y melancólica. Y más vulnerable. Visita que aún guarda rencor no deja de empujarla hacia Álvaro Mesía. Pero él, cuidadoso, todavía no da el paso definitivo. No quiere arriesgarlo todo.
Ana, sin embargo, se siente cada vez más tentada. En una confesión le cuenta a don Fermín que ha soñado con un hombre. Él se ilusiona: cree que habla de él. Pero no sabe que Ana, en realidad, está pensando en otro.
Esa noche se representa en el teatro Don Juan Tenorio, y Álvaro le pide a Ana que vaya. Ella, que ya ha dejado de resistirse del todo, acepta.
En la oscuridad del teatro, las palabras de Don Juan y las emociones del drama la arrastran. Ya lo siente claro: no ama a su marido. Está enamorada de Álvaro Mesía. Y aunque está decidida a no ceder del todo, desea a ese hombre con todas sus fuerzas. Cree que ese es el amor verdadero el amor romántico que siempre soñó.
A la mañana siguiente, Ana despierta tarde. Petra le dice que habló dormida y que llamó a su marido, pero Ana sospecha que miente ya que ella nunca lo llama Víctor sino Quintanar. Luego le entrega una carta: es del Magistral, que la cita para confesarse por la tarde.
Ana se siente culpable. No ha pensado en don Fermín ni un segundo desde que apareció Álvaro. Le escribe una nota excusándose, finge estar enferma. Le da miedo enfrentarlo, y por primera vez siente que ha traicionado no solo a su marido, sino también a su confesor.
XVII.
Esa misma noche, don Fermín de Pas aparece en casa de Ana. No puede contenerse. Está dolido, celoso y, sobre todo, preocupado por su imagen. Le reprocha que haya ido al teatro justo en un día en que están prohibidas las diversiones religiosas. Le dice que ha perdido autoridad espiritual, que su conducta lo ridiculiza ante Vetusta y ante sus enemigos.
Ana, entre avergonzada y confundida, se muestra arrepentida y le promete obedecerle en todo. Entonces, él aprovecha. Le habla de amor pero lo disfraza de amor espiritual, y le propone un plan: convertirse en un ejemplo para toda la ciudad. Vivir como una beata, entregada a la Iglesia y a las obras de caridad. Y para evitar rumores, sugiere que ya no se vean en la catedral sino en casa de doña Petronila, una vieja devota que servirá como coartada. Ana acepta, creyendo que ese camino de sacrificio la alejará del deseo.
XVIII.
Pasan los días. Las lluvias del otoño y los cielos grises inundan Vetusta. Don Víctor y su amigo Frígilis se marchan de caza para entretenerse. En casa de los marqueses, las tertulias se hacen más frecuentes. Risas, chismes, tazas de té
Pero Ana no va. No quiere. Se encierra en casa. Mira por la ventana durante horas. Ni siquiera atiende al plan que le propuso don Fermín. Tampoco Álvaro Mesía consigue avanzar. La conquista se le escapa y eso le irrita.
XIX.
Un día, mientras don Víctor está de caza, Ana sufre uno de sus ataques de nervios. Cuando su marido vuelve, ella corre a sus brazos, desesperada, buscando consuelo, buscando ese amor apasionado que él nunca supo darle. Pero él no la entiende. Solo ve a una esposa enferma.
Ana empeora. Se encierra en su mundo espiritual. Busca respuestas en libros religiosos, en estampitas, en oraciones vacías. Cree que así encontrará paz. Pero lo que encuentra es soledad.
Don Víctor, aburrido de la enfermedad de su mujer, se refugia en el Casino. Allí, Álvaro Mesía aprovecha para hacerse amigo del esposo, con el único fin de frecuentar su casa sin levantar sospechas. La estrategia es clara: acercarse a Ana desde dentro.
Don Fermín, al enterarse de esto, se alarma. Presiona. Necesita reafirmar su influencia. Ana, agotada, acaba cediendo y acepta reunirse con él en casa de doña Petronila.
Allí, en un ambiente cargado de fervor y ambigüedad, Ana se entrega no en cuerpo, sino en voluntad. Se declara dispuesta a obedecerle en todo. Y él interpreta esa sumisión como una forma de amor. Una victoria íntima. Algo que lo enciende por dentro.
XX.
Por su parte, Álvaro Mesía, consciente de que está perdiendo terreno por culpa de don Fermín, prepara su próximo movimiento en este juego del amor: Invita al ateo don Pompeyo Guimarán a volver al Casino, sabiendo que puede usarlo para desacreditar al Magistral. Guimarán acepta y durante la cena confabulan contra Fermín de Pas. La jugada surte efecto pero doña Paula lo descubre. Y para ella, solo hay una culpable: Ana, la mujer que ha debilitado a su hijo y lo ha dejado expuesto.
Vetusta se convierte en un tablero de odios cruzados. Mesía y don Fermín se detestan. Doña Paula empieza a odiar a Ana por haber pervertido a su hijo y hacerle perder poder. Don Víctor empieza a ver con desconfianza al Magistral, ya que cree que induce a su esposa al fanatismo. Don Santos quiere venganza por su ruina...
Y en medio de todo, Ana. Ella no sabe que su alma es el trofeo en una lucha de egos, en una guerra de hombres que creen poseerla: uno con rezos, otro con sonrisas y otro con deberes conyugales.
Pasan los meses y Álvaro Mesía, viendo que no logra conquistarla, se marcha a Madrid. Pero antes de irse se despide de Ana. Ella lo ve partir y rompe a llorar.
XXI.
Después de la marcha de Álvaro, Ana se refugia en la religión. Toma como guía espiritual a don Fermín y como modelo a Santa Teresa. Le escribe una carta donde le agradece ser su hermano del alma, y Fermín, cada vez más enamorado, malinterpreta esas palabras.
Mientras tanto, Vetusta murmura. La vida piadosa de Ana, tan entregada a las obras de caridad, despierta sospechas. Pero ella resiste, decidida a ser fiel. Sin embargo, todo cambia cuando Visita le cuenta que han visto a Álvaro en la estación de Vetusta, subiéndose al tren con una antigua amante rumbo a Palomares. Ana siente un vuelco en el pecho. La pasión renace. Y para reprimirla, se refugia aún más en la religión y en el Magistral. Como si eso pudiera salvarla.
Don Fermín, mientras tanto, se siente feliz. Tiene a Ana para él solo. Con la llegada del verano, Vetusta queda tranquila. Muchos se han ido de vacaciones, Álvaro ya no está, y hasta su madre, doña Paula, ha salido a cobrar rentas. El escándalo se enfría. Y él y Ana pueden verse con total libertad, sin miedo a las habladurías.
XXII.
Pero el verano termina, y con el regreso de la gente vuelven los rumores. La monja a la que don Fermín se negó a sacar del convento de las Salesas muere, y muchos lo culpan.
Poco después, don Santos Barinaga, el comerciante arruinado por La Cruz Roja, cae gravemente enfermo. Dicen que es por hambre, por la pena o por el alcohol. Su agonía se convierte en una guerra de bandos. Algunos clérigos intentan convertirlo en su lecho de muerte. Otros, como don Pompeyo Guimarán, el ateo, protegen al moribundo y culpan al Magistral y a su madre de su ruina.
Don Santos rechaza confesarse y comulgar, y finalmente muere. Al negarse a recibir los sacramentos, debe ser enterrado en un entierro civil, fuera del cementerio. Su funeral, bajo una lluvia intensa, se convierte en una manifestación contra el clero. Vetusta ya no calla.
El Magistral cada vez cuenta con menos apoyos. Solo Ana se mantiene fiel. Sus enemigos, ateos y liberales, aprovechan el caso para atacarlo. Incluso parte del clero muestra su rechazo ante el clamor general.
XXIII.
Llega la Nochebuena. En la Misa del Gallo, la catedral está llena. Fe y deseo. Porque entre el incienso y los cánticos, Ana y Álvaro están muy cerca. Don Fermín, desde el altar, los ve y siente celos.
Esa noche, Ana, conmovida por la imagen del niño Jesús, piensa que tener un hijo acabaría con su angustia. Va a la habitación de su marido. Lo observa desde la rendija de la puerta, pero al verlo con su gorro de dormir, recitando versos como si estuviera en una obra del Siglo de Oro, siente rechazo. Su deseo ya pertenece a otro, y al volver a su cuarto comienza a flagelarse, hundida por la culpa.
A la mañana siguiente, Ana se encuentra con don Fermín en casa de doña Petronila. Él, nervioso y pálido, por fin nombra a Álvaro. Dice que oyó a los borrachos del Casino gritar: ¡Álvaro! ¡Aquí vive tu rival!. Es la primera vez que deja ver sus celos, que se muestra como un hombre herido. Pero Ana, en su inocencia, no lo entiende. No ve el deseo detrás de sus palabras. Y reafirma su lealtad, arrodillándose ante él, dispuesta a cargar con todas las piedras que le lancen solo por estar a su lado.
XXIV.
Días después, don Víctor, ajeno al verdadero conflicto, insiste en que Ana lo acompañe al baile de Carnaval en el Casino. Ella acepta. En otra época habría resistido pero ahora ya no tiene fuerzas para luchar contra nada.
La atmósfera del baile es ligera, casi lasciva. Luces, máscaras, miradas. Visita, siempre jugando su propio juego, le dice a Ana que Mesía le ha confesado estar enamorado, aunque no le ha dicho de quién. Ana finge no importarle, pero no puede dejar de pensar en ello.
Don Víctor, completamente ajeno, le sugiere a Álvaro que saque a bailar a su esposa. Ana no se resiste. Baila. Y en medio del salón, entre la música y el sudor, cae desmayada en sus brazos.
A partir de ese momento, Álvaro Mesía se siente ganador. El terreno está casi conquistado. Y para todos los asistentes, el desmayo de Ana no es solo un escándalo: es la prueba de que el Magistral ha perdido. Su autoridad sobre ella se ha desvanecido.
XXV.
Cuando don Fermín se entera del desmayo de Ana en brazos de Mesía, estalla por dentro. Ya no puede engañarse: está enamorado de ella. Y con esa certeza, todo su mundo se desmorona. El sacerdocio, la castidad, su autoridad moral nada se sostiene.
Se citan en casa de doña Petronila. Y ahí, entre palabras turbias, él la acusa de traición. Le exige explicaciones. Ya no habla como un guía espiritual, sino como un hombre celoso. Y Ana, en ese momento, lo ve con otros ojos: no es un santo. Es solo un hombre. Un hombre enamorado y derrotado.
Durante meses, Ana vive atrapada en un torbellino de dudas: deseo, fe, culpa, deber, pasión. No sabe a quién pertenece su alma, ni su cuerpo. Finalmente, decide reconciliarse con don Fermín. Tal vez aún pueda salvar su alma.
XVI.
Mientras tanto, don Pompeyo Guimarán el ateo declarado cae gravemente enfermo. Para sorpresa de todos, pide confesarse pero solo con don Fermín. Ese mismo día, el Magistral recibe una carta de Ana. Le pide perdón. Le dice que es su esclava.
Don Fermín siente que ha llegado su momento de gloria: dos conversiones en una jornada. Primero, ve a Ana y recupera el control sobre ella. Luego, acude al lecho de Pompeyo y lo confiesa. El antiguo ateo comulga públicamente, mientras Ana como penitencia se compromete a recorrer la procesión del Viernes Santo descalza y vestida de nazarena.
El gesto conmociona a Vetusta. Unos lo ven como una muestra de piedad. Otros, como un espectáculo innecesario. Pero todos hablan de ella. Ana se convierte en el centro de todas las miradas. Y el Magistral se siente, por fin, triunfador Pero Mesía no se rinde.
XVII.
Tras ese alarde religioso, Ana entra en crisis. Su fe se debilita. Su cuerpo está agotado. El médico recomienda alejarse del ambiente que la oprime. Don Víctor acepta el consejo, y Álvaro Mesía siempre oportuno sugiere la finca del Vivero.
Durante los siguientes meses, Ana respira. Desconecta. Recupera la salud y una felicidad que creía perdida. Don Víctor, encantado, cree que todo vuelve a la normalidad.
Con motivo de la festividad de San Pedro, los marqueses organizan una fiesta en el Vivero. Ana, más relajada, asiste. Don Fermín también es invitado. Cuando llega, los demás han ido a misa y Petra se ofrece a acompañarlo a buscar al grupo por el bosque.
Durante el paseo, la criada se le insinúa descaradamente. Teresina ya le había contado al Magistral que Petra le tenía ganas. Sabe que ella le desea y don Fermín se deja querer, pero no cruza la línea. Lo que busca realmente es tenerla de su lado.
Al regresar, ve a Ana riendo con los demás, despreocupada, feliz sin él. Las chicas se esconden en el bosque, los chicos salen a buscarlas. Entonces escucha a don Víctor agradecer al médico la recuperación de Ana: Ahora es feliz. Ya no está tan exageradamente piadosa. Y ahí lo entiende: la ha perdido. Ana ya no lo necesita. Ya no lo busca. Y eso lo llena de celos, de rabia y de amargura.
De repente empieza a llover, y Fermín, obsesionado con que Ana esté a solas con Álvaro en el bosque, fuerza a don Víctor para ir a buscarla.
XVIII.
Cuando llegan a la cabaña del leñador no hay nadie. En el suelo don Víctor encuentra una liga. Es de Petra, lo sabe porque se la dio su mujer. Don Fermín se avergüenza y don Víctor le confiesa que en el pasado hubo entre él y Petra un intento de seducción. Algo que nunca llegó a más, pero don Víctor se siente culpable.
Al regresar al Vivero, los chicos ya están allí, empapados y riendo. Don Fermín no quiere ni entrar. Se marcha a su casa humillado. Derrotado. Sabe que ha perdido. Mesía ha ganado. Y su condición de sacerdote solo ha servido para dejarlo fuera del juego.
Poco después, don Víctor le cuenta a Ana lo sucedido. Y ella entiende que don Fermín sigue enamorado de ella. Pero ahora, en vez de conmoverla, le produce rechazo. Álvaro Mesía, en cambio, le resulta cada vez más atractivo.
Por fin, un día, Álvaro le declara su amor. Lo hace con esa mezcla de ternura y astucia que domina tan bien. Y Ana no sabe cómo negarse.
Desde entonces, Mesía empieza a frecuentar la casa como uno más. Es íntimo de don Víctor, y cada vez más cercano a Ana. Incluso se van juntos de vacaciones. Aún no ha conseguido lo que quiere pero está muy cerca. Y don Fermín más lejos que nunca.
Llega el otoño, y con él, la última fiesta en casa de los marqueses antes del invierno. Mesía lo sabe: es su última oportunidad. Espera. Observa. Y cuando Ana se queda sola en una habitación entra.
XXIX.
El día de Navidad, Álvaro cena en casa de los Ozores. Ya es uno más de la familia. Pero don Víctor está intranquilo. Le confiesa a su amigo que le preocupa Petra. La criada trata mal a su esposa y él, ingenuo, cree que es porque años atrás intentó seducirla. Petra podría contárselo a Ana. Y eso sería devastador. Pero lo que no sabe es que esa no es la verdadera causa de su comportamiento.
Álvaro le ofrece una solución: despedirla. Dice que puede colocarla en una fonda donde tiene influencia. Don Víctor acepta y, aliviado, se va al Casino.
Álvaro se lo cuenta a Ana, y esta se asusta. Teme que Petra haya descubierto su relación con Mesía. Pero él la calma: dice que no hay de qué preocuparse. Le cuenta que don Víctor intentó seducir a Petra, y que por eso ella está resentida. Ana siente asco. Le repugna la idea de haber entregado su vida a ese hombre. Pero también le molesta que Álvaro le haya contado aquello. Era una traición. Y una humillación.
Aun así, lo perdona. Porque lo ama. Desde el principio, cuando empezaron su relación, Ana le pidió una sola cosa: que fuera para siempre. Y Álvaro lo juró. Una y otra vez. Ana quiso creerle. Porque pensar en perder ese amor le parecía peor que el infierno. Era lo único que la mantenía cuerda.
Después de su primer encuentro, Ana y Álvaro solo se veían en casa de los marqueses, cuando podían, a escondidas. Pero eso no era suficiente para él. Quería más. Así que, poco a poco, la convenció para que lo dejara entrar en su propia habitación por las noches.
¿Y cómo lo hizo? Pues seduciendo a Petra. Sin que Ana lo supiera, claro. Necesitaba a alguien dentro de la casa que le cubriera las espaldas.
Petra aceptó encantada. No por dinero, sino por lujuria y por venganza. Despreciaba a Ana, se burlaba de don Víctor y odiaba al Magistral por haberla usado. Así que cada noche, mientras Mesía trepaba por el balcón, ella sentía que tenía el poder. Que el destino de todos estaba en sus manos y que podía hacerlo estallar cuando quisiera.
Pero Petra no solo jugaba para Mesía. También se veía con don Fermín, que la usaba como espía. Le prometió el puesto de Teresina a cambio de información sobre Ana. Y aunque luego se avergonzó de haber intentado seducirla, Petra no lo olvidó. Se sintió usada. Traicionada.
Ahora, cuando Doña Paula le ofrece por fin ese puesto en casa del Magistral, Petra ve su oportunidad. Álvaro ya no la quiere cerca. Intenta quitársela de encima colocándola en una fonda donde los clientes estarían dispuestos a pagar por ella a cambio de jugosas comisiones para él. Petra lo entiende todo. Y decide vengarse.
Ya no tiene nada que perder. Así que va a ver a don Fermín. Le cuenta todo. Que Ana y Mesía son amantes. Que las visitas son constantes. Que ella les ayudó pero ahora está dispuesta a hacerlo saltar todo por los aires.
Don Fermín acepta el trato. A cambio, le promete el puesto que tanto desea, en su propia casa. Y le sugiere un plan. Le pide a Petra que prepare todo para que don Víctor descubra la infidelidad con sus propios ojos.
Petra adelanta el reloj. Esa mañana, don Víctor se despierta antes de lo habitual, justo a tiempo para ver desde su ventana cómo Álvaro baja por el balcón y salta el muro. Tiene la escopeta en la mano. Lo tiene a tiro pero no dispara. Está paralizado.
Durante la cacería con Frígilis, reflexiona. Se culpa por haberse casado con una joven siendo ya un hombre mayor. Pero también sabe que no puede quedarse de brazos cruzados. Y en el tren de vuelta, se lo cuenta todo a su amigo.
XXX.
Frígilis le aconseja que disimule. Que no haga nada impulsivo. Para que a él le diera tiempo a advertir a Mesía sin saber que ya es tarde.
Don Fermín lo está esperando en casa. Ha llegado su momento. Como él no puede vengarse, manipula a don Víctor para que lo haga. Le dice que, aunque matar sea pecado, la sociedad no entendería que un marido engañado no limpiara su honor.
Antes de que pueda escapar, Mesía recibe el desafío. El duelo se celebra con pistolas. Don Víctor, tembloroso, no quiere matar y solo logra herirle en la pierna. Pero Álvaro, más sereno, dispara al estómago. Don Víctor cae, muriendo poco después.
Álvaro huye de Vetusta y Ana queda devastada. Su esposo ha muerto por su culpa y el hombre por el que lo traicionó ha desaparecido. El peso del pecado y del escándalo la aplasta. Vetusta le da la espalda. Todos excepto Frígilis, que se muda a su casa para cuidarla.
Con el tiempo, Ana recupera la salud del cuerpo. Y después, busca algo más: redención. Vuelve a la religión, pero sin misticismos, sin delirios.
Un día, se arma de valor y entra a la catedral. Se acerca al confesionario del Magistral para pedirle perdón. Para recuperar, quizás, esa vieja relación de hermanos del alma. Pero don Fermín, frío y cruel, la rechaza. Ana cae al suelo, sola y abandonada como lo ha estado siempre.
Mientras yace inconsciente en el suelo de la catedral, un acólito llamado Caledonio se acerca a ella. Aprovechando su vulnerabilidad y movido por un deseo malsano, besa a Ana en los labios, agregando una capa más de perversión y sufrimiento a la vida de la ya destruida protagonista.
Este trágico desenlace deja claro la completa opresión de Ana, quien nunca logró escapar de las instituciones que la controlaban: por un lado la Iglesia, con su moral estricta y su poder sobre su cuerpo y alma; y por otro la sociedad civil, con sus expectativas y demandas sobre su comportamiento. Ana nunca fue vista como una mujer libre, sino como una posesión, primero de su marido, luego del sacerdote, y finalmente de los hombres que la desearon.
Personajes de La Regenta
Personajes principales
Ana Ozores, la Regenta: personaje principal, una joven que está casada con el regente de la Audiencia, don Víctor Quintanar. Su marido es mucho mayor que ella y se casaron por interés, lo que amarga la vida de Ana. La mujer, atormentada e inconforme con su vida, es la envidia del resto de mujeres de su pueblo, Vetusta, que no saben que es una mujer infeliz y desdichada. En su interior se libra una batalla entre el deber y el deseo.
Don Fermín de Pas: canónigo magistral y confesor de Ana. Se trata de un hombre ambicioso pero dominado por la figura de su madre, doña Paula. Quiere tener el poder para manejar a todo el pueblo de Vetusta, especialmente a la Regenta, de la que está enamorado. De hecho, piensa que Ana es de su propiedad y se comporta con ella como si fuera su marido.
Don Álvaro Mesía: un donjuán del que Ana se enamora perdidamente. Se trata de un hombre vulgar y mujeriego, muy por debajo de Ana moralmente hablando. Representa a esa sociedad hipócrita y sin aspiraciones que empuja y arrastra a la protagonista.
Don Víctor Quintanar: regente de la Audiencia y marido de Ana, un hombre mucho mayor que ella, pero amable y entrañable. El amor que siente por Ana es más paternal que romántico. Su verdadera pasión es la caza, deporte que practica a menudo con su mejor amigo, Frígilis.
Personajes secundarios
Doña Paula: madre de don Fermín de Pas. Mujer dura, calculadora y dominante. Manipuló al obispo don Fortunato Camoirán para que su hijo ascendiera en la Iglesia. Su vida estuvo marcada por la ambición y el resentimiento, y su influencia pesa sobre el Magistral desde la infancia.
Frígilis (Tomás Crespo): amigo íntimo de don Víctor. Hombre práctico y racional, aficionado a la ciencia. Representa el sentido común dentro de Vetusta, y es uno de los pocos que permanece al lado de Ana tras el escándalo.
Petra: criada de Ana. De origen humilde, es ambiciosa, rencorosa y manipuladora. Ayuda a Álvaro a entrar en casa de Ana a cambio de favores, pero luego se venga traicionando a todos. También espía para el Magistral y acaba aliándose con doña Paula.
Teresina: criada del Magistral. Se insinúa a don Fermín y hay indicios de una relación íntima entre ambos. Es reemplazada por Petra cuando esta entra en casa del clérigo.
Obdulia Fandiño: Viuda, coqueta y superficial. Le gusta seducir y provocar. Representa la hipocresía de la alta sociedad vetustense, donde todo se disimula bajo una apariencia de decencia.
Visitación (la del banco): mujer casada con un empleado del banco. Antigua amante de Álvaro Mesía. Finge ser liberal y moderna, pero actúa movida por celos y resentimientos. Ayuda a Álvaro a acercarse a Ana, con la intención de rebajar su propia culpa.
Don Fortunato Camoirán: obispo de Vetusta. Hombre débil, fácilmente manipulable. Doña Paula lo chantajeó desde que él intentó propasarse con ella cuando trabajaba como sirvienta, y desde entonces depende de ella. Otorgó favores a don Fermín gracias a esa presión.
Don Cayetano Ripamilán: arcipreste de Vetusta. Más moderado que otros miembros del clero, es quien le encomienda a don Fermín la confesión de Ana. Aparece como figura respetada, pero sin gran influencia.
Doña Petronila Rianzares: Mujer beata y de carácter fuerte. Presta su casa para que Ana y el Magistral se vean sin levantar sospechas.
Don Santos Barinaga: comerciante local, arruinado por el negocio de la Cruz Roja, impulsado por doña Paula y don Fermín. Su agonía y muerte desencadenan una gran protesta contra el clero, al negarse a recibir los sacramentos y ser enterrado fuera del cementerio.
Don Pompeyo Guimarán: viejo catedrático ateo, crítico del clero. Álvaro Mesía lo utiliza para debilitar al Magistral en el Casino. Más tarde, Guimarán cae enfermo y, sorprendentemente, se confiesa con don Fermín, dando un giro simbólico a su historia.
Paquito Vegallana: hijo de los marqueses. Joven frívolo y entrometido, actúa como cómplice de Álvaro en su plan para seducir a Ana. Representa la ligereza moral de la juventud aristocrática vetustense.
Doctor Somoza: médico que atiende a Ana. Es escéptico y crítico con la influencia del clero. Recomienda sacar del convento a una joven enferma, pero don Fermín se niega para no dañar su reputación.
Análisis de La Regenta
Se tiende a mencionar que La Regenta es la versión hispana de Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Si bien los vínculos son evidentes, cada obra puede brillar por sí misma, y La Regenta sabe jugar muy bien sus cartas para convertirse en un drama provinciano capaz de transportar a cualquier lector a las entrañas de los pueblos españoles.
En esta obra, su autor retrata con firmeza e ironía a la sociedad española del siglo XIX en una ciudad de provincias, donde nadie escapa de su crítica. Desde la aristocracia al clero, pasando por los políticos y los provincianos, todos ellos forman parte de la atmósfera opresora, machista e hipócrita que atrapa a Ana Ozores, su protagonista.
Y es que Ana Ozores es el vivo retrato de la mujer de aquella época: desdichada, infeliz, que pertenece por herencia a la burguesía, pero depende del círculo social que la rodea, mientras sufre de la inestabilidad emocional que le causa el debate entre el deseo y el deber. Todos estos ingredientes se convertirán en un cóctel explosivo que la convertirán en víctima.
Hay quien califica La Regenta como una novela insuperable, la mejor del siglo XIX, y con la que su autor colocó el listón muy alto para continuar con su propia obra. Si bien son calificativos muy grandes, no se quedan cortos ya que, en efecto, La Regenta es toda una experiencia que todo amante de la literatura debería disfrutar.
Última actualización: 11 julio, 2025
Lector empedernido y amante de la fotografía. Me encanta la literatura de fantasía y ciencia ficción. Escribo resúmenes, opiniones y reseñas para ayudarte a decidir tu próximo libro.