Yerma
Resumen del libro de Federico García Lorca

Yerma
Título: Yerma
Autor: Federico García Lorca
Género: Obra teatral
Subgénero: Tragedia
Año de publicación: 1934

Resumen de Yerma, de Federico García Lorca

En la España de los años 30, el valor de una mujer dependía de dos cosas: su pureza y su capacidad para tener hijos. En este contexto opresivo, donde las mujeres eran vistas como simples objetos para la crianza, nace la historia de Yerma, una de las obras más desgarradoras de Federico García Lorca.

En esta historia, la protagonista vive un calvario al no poder concebir. Atrapada en un matrimonio sin amor y bajo la vigilancia constante de su pueblo, el deseo de ser madre y la imposibilidad de serlo, desencadenará una terrible tragedia.


Primer acto

Yerma vive en los campos de Andalucía junto a su esposo Juan, con el que lleva casada dos años. En ese tiempo, no han podido tener un hijo y parece que Juan está más interesado en su trabajo en el campo que en formar una familia con su mujer.

En una conversación, su amiga María, casada tan solo hace cinco meses, le anuncia que está embarazada. Yerma la felicita, pero el dolor la consume por dentro. Aunque ella todavía tiene la ilusión de concebir un bebé, ver a las mujeres que la rodean embarazadas o con niños le llena de frustración y dolor.

Sola en casa, Yerma se sienta a coser una pequeña prenda para el bebé de María. En eso llega su amigo Víctor y la felicita, creyendo que la ropa es para su propio bebé. Tras aclarar la dolorosa confusión, Víctor la anima a seguir el ejemplo de su amiga y a pedirle a Juan que piense menos en el trabajo. La escena termina con Yerma sola, cantando una nana a un niño que no tiene, con la mirada perdida en sus pensamientos.

Un año después, Yerma camina por el campo, viene de llevarle comida a Juan. De pronto, se cruza con una Vieja que ha tenido catorce hijos. Desesperada, Yerma le pregunta por qué no puede concebir, que hará lo que le diga para tener un hijo. La Vieja le dice que ella no sabe nada, que los hijos llegan como el agua, y le pregunta si ella en verdad desea a su marido.

Yerma responde que solo ha sentido deseo real por Víctor, un amigo de su adolescencia, cuando un día la cogió entre sus brazos para saltar una acequia. Sin embargo, con su esposo todo era muy distinto, su padre lo había escogido para ella y, a pesar de que siempre estaba dispuesta a acostarse con él, lo hacía solo para tener un hijo, no porque se sintiera atraída sexualmente.

En ese mismo campo, Yerma ve a dos jóvenes. Una de ellas, con indiferencia, dice que ha dejado a su hijo solo en casa. Yerma la regaña, indignada por esa irresponsabilidad. La otra muchacha confiesa que no quiere tener hijos y que detesta los deberes de esposa, y Yerma no puede comprenderla. Entonces escucha a alguien cantar. Es la voz de Víctor, que se acerca a ella. Yerma, conmovida, le dice que su voz es tan poderosa que parece un "chorro de agua".

En eso cree oír a un niño llorar, pero Víctor no oye nada. El momento se rompe con la llegada de Juan, que la reprende por no haber regresado a casa de inmediato. Yerma le pregunta si debe esperarlo. Y Juan le dice que no, que se vaya a casa a dormir. Él pasará toda la noche regando y defendiendo el poco agua de sus tierras.

Segundo acto

El segundo acto se abre con una escena que contrasta de lleno con la vida asfixiante de Yerma. En un arroyo, las lavanderas del pueblo lavan la ropa mientras cantan y chismorrean. Sus voces son como un coro griego que narra su drama.

El rumor principal es que Juan ha traído a sus dos hermanas a vivir con ellos. Son mujeres frías y de luto que, según las lavanderas, vigilan a Yerma como si fuera una prisionera. Además, acusan a Yerma de ser estéril por elección, de no ser una "mujer verdadera" y de desear a otro hombre. Unas la defienden, otras la acusan, pero todas están de acuerdo en que el infierno en esa casa es cada vez más grande.

De pronto, entran en escena las cuñadas de Yerma. Su presencia calla la conversación. Dejan sus bultos y se ponen a lavar en silencio. Los cantos de las lavanderas se reanudan, pero ahora están llenos de simbolismo, contrastando la fertilidad con la esterilidad.

«¡Ay de la casada seca! ¡Ay de la que tiene los pechos de arena!», cantan con un tono que roza el lamento y la burla. La escena termina con el coro de mujeres cantando sobre la alegría del vientre redondo y la maravilla de la maternidad. En contraste, las cuñadas, silenciosas y sin emoción, representan el drama de la esterilidad que Yerma está sufriendo.

En la casa el ambiente es sombrío y opresivo. Ya han pasado cinco años desde que se casaron. Juan le reprocha a una de sus hermanas que Yerma haya salido sola. Cuando vuelve de la fuente, la conversación es fría, tensa, llena de dobles sentidos. Juan le recrimina haber salido: «Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa.» Ella le dice que las mujeres dentro de sus casas cuando las casas no son tumbas. Las sillas se rompen, las sábanas se gastan, pero no en su hogar. Allí todo permanece nuevo, intacto, sin vida.

Juan, con una frialdad casi insoportable, le dice que se traiga al hijo de su hermano, pero Yerma se niega rotundamente, pues no quiere un hijo ajeno, sino uno propio.

La tensión aumenta cuando Juan la acusa de no ser una "mujer verdadera" y de buscar la ruina de un hombre sin voluntad. Su obsesión con la honra se hace cada vez más grande. Le prohíbe hablar con la gente y le recuerda que "la honra es una carga que se lleva entre dos". La discusión concluye con Yerma negándose a comer, en un acto de rechazo simbólico a la vida vacía que Juan le ofrece.

Tras esta confrontación, Yerma se queda sola y se desahoga a través de un lamento poético. Habla de sus pechos, llenos de leche que no puede dar. Se compara con un prado estéril, una "puerta cerrada a la hermosura". La escena es un reflejo de su dolor interno, de su rabia y de su frustración.

En ese momento, llega su amiga María con su niño en brazos. Yerma, que ya no puede reprimir su dolor, la mira con envidia. Le dice que se siente "rebajada hasta lo último". El dolor de Yerma es tan grande que se atreve a decir que si pudiera, se convertiría en un hombre para poder sentir la vida que él tiene.

La visita de María se interrumpe por la llegada de una muchacha que le dice a Yerma que su madre la está esperando. Después aparece Víctor buscando a Juan y le anuncia que se va del pueblo a trabajar a otro campo. Yerma le recuerda la vez que la llevó en brazos, pero él le dice que todo cambia. Ella insiste en que no, que hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye. Víctor lo entiende, pero decide mantener la distancia: «La acequia por su sitio, el rebaño en el redil, la luna en el cielo y el hombre con su arado», le dice.

En eso entra Juan y anuncia que le ha comprado los rebaños a Víctor. Va a acompañarlo en su partida hasta el arroyo. Víctor le da la mano a Yerma para despedirse, y cuando se marcha, Yerma se queda angustiada, mirándose la mano.

El acto termina con Yerma saliendo a escondidas de su casa, con la cabeza cubierta. La oscuridad de la noche la envuelve. Mientras sus cuñadas la buscan llamándola por su nombre, solo se oye el sonido lejano de los cuernos de los pastores, anunciando que la tragedia está a punto de desatarse.

Tercer acto

El tercer acto nos sumerge en el clímax de la tragedia. La escena comienza en la casa de Dolores, la conjuradora, una mujer que realiza ritos ancestrales para ayudar a concebir. Yerma ha acudido a ella en un acto de absoluta desesperación.

Junto a dos Viejas, Yerma acaba de terminar una de estas oraciones nocturnas en el cementerio. Dolores alaba la valentía de Yerma, quien no ha mostrado miedo, y le asegura que, como a otras mujeres que ha ayudado, su vientre será "endulzado". Pero Yerma no busca consuelo, quiere el resultado. En un monólogo brutal, confiesa que prefiere llorar por un hijo vivo que la apuñale que seguir llorando por el fantasma que vive dentro de ella.

Una de las Viejas intenta aconsejar a Yerma, pidiéndole que se resigne a la voluntad de Dios y que se ampare en el amor de su marido. Pero Yerma rechaza la resignación. Se queja de que Juan cumple con su deber, pero sin pasión, con la cintura fría. Confiesa que desearía ser una "montaña de fuego" en sus brazos, pero no puede. Con un dolor desgarrador, exclama que no es una mujer indecente, pero que sabe que los hijos nacen del hombre y la mujer. Con desprecio y dolor, admite que Juan no sufre, porque no desea un hijo; y al no desearlo, no se lo puede dar.

Cuando Yerma se prepara para irse, aparece Juan con sus hermanas. En un arranque de furia y celos, acusa a su mujer de manchar su honra. Yerma, lejos de esconderse, le grita que se acerque y huela sus vestidos para ver si encuentra un olor que no sea el de él.

El enfrentamiento es tenso. Yerma busca desesperadamente un gesto de pasión en él, lo abraza y le pide que la quiera, pero Juan la rechaza. Acorralada, Yerma grita que su sangre está maldita, que no la deja vivir en paz. Juan, nervioso por la presencia de gente, le ordena silencio y la obliga a marcharse. Ella acepta su silencio y su destino, saliendo de la casa de la conjuradora sin la esperanza de un milagro.

El cuadro final nos lleva a la romería de la ermita, una celebración pagana de la fertilidad. En este lugar de la montaña, las mujeres acuden a rogarle a un santo que les conceda hijos. Yerma, descalza y llena de luto, va con ellas. Se arrodilla para rezar por un milagro, suplicando que su carne marchita florezca. Pero en su rezo, su voz es la más dolorosa de todas.

Un grupo de enmascarados baila una danza de la fertilidad, cantando sobre el poder del "macho" y las mujeres estériles que vienen a buscar un milagro. La Vieja pagana del primer acto se acerca a Yerma y le propone una solución: su hijo, un hombre "de sangre", la está esperando para formar una familia. Pero Yerma no acepta semejante propuesta. Ella no puede buscar a otro hombre, porque la honra y la casta son lo único que le queda. No puede traicionar a su marido.

De pronto aparece Juan. Lo ha oído todo. Le dice que no le importa el hijo, que la vida es más dulce sin ellos. Yerma por fin oye la verdad que tanto necesitaba: «¡No oyes que no me importa! ¡No me preguntes más!». Yerma, ahora con una certeza devastadora, se da cuenta de que él nunca ha deseado un hijo.

Juan se acerca y la abraza, le pide que se resigne, que vivan en paz. Pero el deseo de él es solo por su cuerpo, no por el hijo que ella anhela. Juan quiere besarla, intenta hacerla suya allí mismo. Pero Yerma, con un grito desgarrador, aprieta la garganta de su esposo y lo asfixia hasta la muerte. Ahora sí, su destino está sellado. "Marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de cierto. Y sola".

Yerma se levanta y, en un acto de desesperación, le grita al pueblo que se acerca: «¡No os acerquéis, porque he matado a mi hijo, yo misma he matado a mi hijo!».

Análisis de la obra

Yerma es una obra de teatro, una tragedia en 3 actos donde se cuenta el camino de Yerma y su lucha por tener un hijo. Se enmarca en una época de conflicto social en España, dos años antes de que estallara la Guerra Civil. En ese momento, existía un especial interés por la vida rural, por lo que Lorca se dispuso a desarrollar una trilogía (de la cual Yerma fue la segunda) que reflejara fielmente ese contexto.

En la obra se exponen una serie de temas de interés social como el papel de la mujer en comunidades puritanas y conservadoras, los matrimonios sin amor, la validación personal y marital a través de los hijos, la fiereza del instinto maternal, entre otros.

Cada acto de la obra se divide en dos cuadros: uno sucede dentro de las casas y otro fuera. Lorca usa esta división para mostrar la desigualdad de los roles de género, pero también la hipocresía: lo que se muestra de puertas para afuera y lo que realmente ocurre dentro de las casas.

Simbolismo

La esterilidad se expresa a través de metáforas en la obra, tales como la frialdad sexual de Juan y el hecho de que Yerma no lo desee a él, sino a Víctor. También en el pasaje en el que Yerma sale a buscar agua a la fuente, que es símbolo de fecundidad y vida, ya que el agua rodea al feto en el vientre materno y lo ayuda a desarrollarse. O cuando le dice a Víctor que su voz parece un "chorro de agua", representando la vitalidad que Yerma añora.

A lo largo de la obra, el simbolismo se extiende más allá del agua para abarcar la tierra y la naturaleza misma. La tierra se presenta como el espejo de Yerma: seca, estéril y desesperada por ser sembrada. El campo sin cultivar, que Juan se empeña en adquirir y proteger económicamente, contrasta de lleno con la esterilidad de su propio hogar.

El nombre de Dolores (la conjuradora) tampoco es casualidad. Como es habitual en Lorca, este nombre simboliza el dolor y la profunda angustia de Yerma. De hecho, el mismo nombre de Yerma significa "tierra árida o estéril"

El clímax de la tragedia

La tragedia alcanza su punto álgido en la romería, un espacio de fertilidad, pagano y liberador, que representa la última esperanza de Yerma de ser fecundada por fuerzas naturales o divinas. Cuando la Vieja Pagana le ofrece una solución práctica (dejar a Juan y buscar a otro hombre que sí la pueda fecundar) y Juan revela su satisfacción con su vida sin hijos, Yerma entiende que la barrera no es la biología, sino la voluntad y la aridez de su esposo.

El asesinato de Juan al final de la obra no es simplemente un acto de desesperación, sino el reconocimiento de que ella ha destruido su última esperanza. Al matar a Juan, Yerma mata la posibilidad física de ser madre dentro de los límites del honor que ella misma se impuso. Su grito final: "¡Yo misma me he matado a mi hijo!" confirma que su útero permanecerá "seco" para siempre, sellando así su destino como una tragedia personal y social.

Personajes de Yerma

Personajes principales

  • Yerma: Es el eje de la tragedia, una mujer apasionada consumida por su instinto maternal. Su tragedia reside en el conflicto entre su deseo vital de ser madre y el estricto código de honor que le impide buscar la fecundidad fuera de su matrimonio. Su nombre, que significa "estéril", subraya la ironía de su destino.

  • Juan: Es el marido de Yerma, quien encarna la represión y el materialismo de la sociedad rural. Prioriza la riqueza, la posesión de tierras y el honor social por encima de tener hijos. Su frialdad emocional y su enfoque contractual del matrimonio son la causa directa de la esterilidad y la frustración de Yerma.
  • Personajes secundarios

  • María: Es la mejor amiga de Yerma, quien siempre intenta consolarla en sus momentos de desesperación y darle ánimo para que continúe con su vida sin sufrir tanto.

  • Víctor: Es un pastor amigo de Juan y Yerma. Representa la vitalidad, la pasión y el tipo de hombre fértil que Yerma desearía como padre de sus hijos. Su presencia genera una tensión emocional no consumada en la obra.

  • La Vieja Pagana (o Vieja): Es el único personaje que le ofrece a Yerma una vía de escape a su tragedia. Representa la moral de la naturaleza y el paganismo, aconsejándole que deje a Juan y busque tener un hijo con otro hombre.

  • Dolores (La Conjuradora): Una mujer que se dedica a realizar rituales y a "conjurar" la fertilidad. Es quien lleva a Yerma a la romería del Santo, actuando como la mediadora en su desesperada búsqueda de un milagro o una solución mágica para su esterilidad.

  • Las Lavanderas: Funcionan como el "Coro" de la tragedia. A través de sus canciones y cotilleos, reflejan y critican la moral estricta del pueblo, esparcen rumores sobre Yerma y Juan, e incrementan la presión social sobre la pareja.


  • Última actualización: 01 diciembre, 2025

    Autor del resumen
    Lector empedernido y amante de la fotografía. Me encanta la literatura de fantasía y ciencia ficción. Escribo resúmenes, opiniones y reseñas para ayudarte a decidir tu próximo libro.
    Pablo Navarro

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